Cómo evitar que el estrés envenene tu vida.

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 Escrito por Marié Morales

El estrés envenena nuestro cuerpo (radicales libres, enfermedades psicosomáticas) y nuestra mente (ansiedad, depresión…) Pero, ¿qué nos induce a ser presas del estrés aun cuando nuestra vida cotidiana actual no nos presenta situaciones reales de amenaza física?

En este artículo analizamos los orígenes del estrés y planteamos estrategias para detoxificar nuestra mente.

“Si los objetivos principales del ser humano fueran mantenerse vivo, evitar el dolor innecesario y buscar la realización plena de sí mismo, sus valores, planteamientos, actitudes y respuestas serían básicamente positivas, dirigidas a la consecución de estos fines”.

Albert Ellis.

La salud no es algo que dependa de la suerte, de nuestro ADN, ni mucho menos de nuestro médico de familia. La salud es en gran medida responsabilidad personal y responde a un proyecto de vida. Tiene una relación directa con nuestra forma de vida, conformada por una multitud de opciones que tomamos libremente cada día.

Insisto: la salud es, en gran medida, responsabilidad personal.

Montaigne (ese sabio filósofo que cuestionaba la incompetencia cultural e intelectual y afirmaba que ningún conocimiento tiene sentido si no sirve para vivir mejor y morir mejor) veía el cuerpo como una especie de lastre que arrastrar a lo largo de nuestra vida, interfiriendo continuamente en nuestro desarrollo intelectual y emocional. No es el único que piensa así. “Nuestro cuerpo huele, duele, se debilita, late, da punzadas y envejece… nuestro cuerpo tiene nuestra mente como un rehén al servicio de sus antojos y de sus ritmos”, dice Alain de Botton.

Es una manera de verlo.

Por otra parte y sin menospreciar el punto de vista del filósofo francés del siglo XVI, hay quienes vemos el cuerpo, sin embargo, como un templo de sabiduría dotado de una inteligencia superior, capaz de regenerarse continuamente, frenar los ataques a los que, voluntaria o involuntariamente, le sometemos, prevenir y curarse.

Dicen que el ser humano es el único ser vivo capaz de pensar y tomar decisiones. ¿Y si realmente no fuera nuestra mente un “rehén” de nuestro cuerpo, sino todo lo contrario? Podría ser precisamente nuestra mente y nuestra voluntad las que hacen que atentemos continuamente contra nuestra propia naturaleza. Si bien lo arreglamos como podemos con investigaciones científicas que en muchos casos remedian un buen número de enfermedades que previamente hemos creado.

Es evidente que las investigaciones de las últimas décadas han sido decisivas en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, paliando e incluso prácticamente erradicando algunas de ellas, sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con las disfunciones psíquicas y del sistema inmunológico, tal como sostiene la doctora Catherine Kousmine, quien afirma que “en este fin de siglo han aparecido nuevas enfermedades ligadas a los virus y, junto a ellas, enfermedades denominadas de sistema: las enfermedades autoinmunes. Esta situación refleja un descenso general de la inmunidad de las razas civilizadas”.

Las mismas investigaciones, y muchas otras, apuntan a una relación directa entre ambas disfunciones, psíquicas y del sistema inmunológico: a mayor desequilibrio mental y emocional, nuestro sistema de defensas se ve más debilitado.

El estrés nos empuja y nos desequilibra.

La mayor responsabilidad de este desequilibrio físico y psíquico ha venido a apuntar al estrés.

El estrés es ese mecanismo de defensa (lucha o huye) que nos salvaba la vida en esos tiempos históricos, o prehistóricos, en los que las amenazas físicas eran reales, pero que se vuelve contra nosotros cuando la descarga de adrenalina no sólo no cumple su función salvadora sino que menoscaba notablemente nuestro sistema inmunológico.

El estrés se ha definido como la respuesta del organismo (física, fisiológica, química y mental) a una situación de peligro, en la que intervienen situaciones emocionales como el miedo (a fracasar, a no llegar a tiempo, a perder…), la amenaza (del castigo, la opinión ajena, la pérdida de un trabajo, suspender…), la ansiedad (prima hermana del miedo), la sobreexcitación, la aceleración (física y mental), unidas a una serie de respuestas fisiológicas y químicas que afectan a nuestro equilibrio vital. A menudo, además, una situación de estrés se combate con nuevas situaciones de estrés que en muchas coasiones hacen que, por ejemplo, nuestra agenda se vea tremendamente apretada, produciéndonos un agotamiento demoledor y, por supuesto, nuevos motivos de estrés.

 

El estrés se ha convertido, pues, en uno de los principales enemigos de nuestra salud. Pero dado que la función del estrés en nuestra vida, como mecanismo de supervivencia, se ha visto notablemente reducida en nuestro estilo de vida actual, la pregunta que nos tocaría plantearnos es: ¿por qué el ser humano sigue siendo presa del estrés, quizás en mayor medida que nunca, milenios después de que su función fuera necesaria, y cuando ya apenas lo es?

Para algunos autores, la respuesta está más dentro del ámbito cultural que en nuestra propia naturaleza, con la inmersión en unas filosofías y unas formas de vida que no potencian tanto la armonía y la búsqueda de la felicidad como la acumulación de bienes materiales, la competitividad, la notoriedad personal y el egocentrismo.

Restablecer prioridades.

El ser humano es una criatura dependiente del entorno del que forma parte, y necesita de la nutrición y la respiración para la supervivencia, así como la relación con el medio, y en especial las relaciones sociales y la reproducción. Una vez aseguradas estas necesidades externas, el cuerpo cuenta con recursos de autosostenimiento, regeneración y curación, cuando las circunstancias hacen que se rompa su equilibrio natural. Si el origen y causa  de este desequilibrio son las decisiones cotidianas que dan forma a nuestro modo de vida, lo más inteligente sería revisarlas, cuestionarlas y establecer cambios donde lo consideremos oportuno.

Y sin embargo, siempre que lo hemos intentado, nos cuesta, y en muchos casos volvemos a una serie de hábitos (de comportamiento, mentales y emocionales) que sabemos a ciencia cierta que no nos benefician en absoluto, ¿Por qué ocurre esto?

Según Miguel Ruiz, filósofo de origen tolteca (México), la respuesta podría estar en la práctica y asimilación de una serie de valores (acuerdos sociales) que conforman nuestra realidad o “sueño del planeta”. Una serie de acuerdos sociales que sería aconsejable revisar, cuestionar y, en su caso, sustituir por otros cuando no cumplen su función de hacernos seres felices, sanos y en armonía con nuestro entorno.

La domesticación y el sueño del planeta.

¿Son las cosas como las vemos, como las sentimos, o básicamente interpretamos lo que nos han enseñado a interpretar?

Para la milenaria cultura tolteca la “realidad” que asumimos socialmente no es más que un sueño colectivo, el sueño del planeta. Desde el momento mismo de nacer, interpretamos la realidad mediante acuerdos, y así, acordamos con el mundo adulto lo que es una mesa y lo que es un vestido, pero también lo que “está bien” y lo que “está mal”, e incluso quiénes somos o cuál es nuestro lugar en el mundo (en la familia, en clase, en el trabajo). A este proceso el filósofo mexicano de origen tolteca Miguel Ruiz lo denomina domesticación.

“La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida ya no necesitamos que nadie nos domestique. No necesitamos que mamá o papá, la escuela o la iglesia nos domestiquen. Estamos tan bien entrenados que somos nuestro propio domador. Somos un animal autodomesticado”.

El juez y la víctima.

En el transcurso de este aprendizaje incorporamos en nuestra propia personalidad al juez y a la víctima.

El juez representa esa tendencia en nuestra mente que nos recuerda continuamente el libro de la ley que gobierna nuestra vida -lo que está bien y lo que está mal-, nos premia y, más frecuentemente, nos castiga. La víctima es esa parte en cada persona que sufre las exigencias de su propio juez interior. Sufrimos, nos arrepentimos, nos culpabilizamos, nos castigamos por la misma causa una y otra vez, cada vez que el recuerdo nos pasa factura.

Y como consecuencia del propio sistema, el miedo se instaura en nuestra vida.

El miedo y las autoexigencias son los peores enemigos de nuestro pensamiento, y por ende, de nuestra vida. Durante el proceso de domesticación nos formamos una imagen mental de la perfección, lo cual no está mal como camino marcado a seguir. “El problema es que como no somos perfectos nos rechazamos a nosotros mismos. Y el grado de rechazo depende de lo efectivas que han sido las personas adultas para romper nuestra integridad”, según M.R.

Si el libro de la ley que gobierna nuestra vida (nuestra moral, nuestra lógica, nuestro “sentido común”) no cumple sus objetivos, que en su base fundamental consistiría en hacernos seres humanos felices y en armonía, es porque evidentemente éste no funciona. Y como no funciona hay que cambiarlo. Y ello lo hacemos revisando nuestros acuerdos (nuestra interpretación incuestionable, nuestro sistema de valores), desenmascarando los que no valen y sustituyéndolos por otros.

Con la práctica será cada vez más fácil hasta que, sorpresa, la identificación es prácticamente completa y los nuevos acuerdos forman parte de nuestra manera de ser. Simplemente somos así.

Sin duda nuestra vida será más sencilla y satisfactoria, para nosotras mismas y para las demás personas que nos rodean.


Soy el autor de esta página y director del Centro de Recursos para el Exito y la Prosperidad (CEREXPRO) y tengo una Maestria Certificada como Coach en Programación Neurolingüística (PNL), Tambien soy Experto en Procesos de Cambios, Instructor en Reingeniería Cerebral con PNL e Hipnosis. Diplomado en Comunicación Social con largos años de ejercicio y he participado activamente en Investigación y Desarrollo de Proyectos en el campo de la Medicina Alternativa. Estoy a tu orden a traves de las diferentes formas de contacto de la página. Gracias por estar aquí.

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